Vivir matando o
La Tragedia de una Flor
Tranquila la niña se durmió entre flores,
su aroma aspirando con dulce candor,
y presa en las redes de puros amores,
con dolor inmenso, decía una flor:
¡Se muere, se muere! ¡No tiene remedio!
Mi intenso perfume matándola está.
Quisiera salvarla, mas no veo el medio...
¡Señor, que despierte, si no morirá!
¡Yo la quiero tanto... ¡
Es mi amor, mi orgullo.
Ella con cariño siempre me cuidó,
y un día de Mayo, siendo yo capullo,
con dulce ternura mis hojas besó.
¿Y ahora he de matarla, tan bella y dormida?
¡No quiero, Dios mío! ¡Mirad mi dolor!
¿Por qué tengo aroma? ¿Por qué tengo vida?
¡Tomad mi perfume: tomadle, Señor!
¡Qué lento amanece! Sol, hermano mío,
tu luz prodigiosa la despertará:
corre, vuela, alumbra su semblante frío...
¡ Si tardas un poco se habrá muerto ya!
Tú, que a tantas flores la vida les diste;
tú, que mi existencia cuidaste tan bien:
escucha clemente mi plegaria triste:
¡no dejes que muera, que ella es flor también!
Llegó la mañana tranquila y serena;
al cuerpo, ya frío, no dio el sol calor,
y allí, en el florero, rendida de pena,
su inocente crimen lloraba una flor.
(Amalia X.)

La Tragedia de una Flor
Tranquila la niña se durmió entre flores,
su aroma aspirando con dulce candor,
y presa en las redes de puros amores,
con dolor inmenso, decía una flor:
¡Se muere, se muere! ¡No tiene remedio!
Mi intenso perfume matándola está.
Quisiera salvarla, mas no veo el medio...
¡Señor, que despierte, si no morirá!
¡Yo la quiero tanto... ¡
Es mi amor, mi orgullo.
Ella con cariño siempre me cuidó,
y un día de Mayo, siendo yo capullo,
con dulce ternura mis hojas besó.
¿Y ahora he de matarla, tan bella y dormida?
¡No quiero, Dios mío! ¡Mirad mi dolor!
¿Por qué tengo aroma? ¿Por qué tengo vida?
¡Tomad mi perfume: tomadle, Señor!
¡Qué lento amanece! Sol, hermano mío,
tu luz prodigiosa la despertará:
corre, vuela, alumbra su semblante frío...
¡ Si tardas un poco se habrá muerto ya!
Tú, que a tantas flores la vida les diste;
tú, que mi existencia cuidaste tan bien:
escucha clemente mi plegaria triste:
¡no dejes que muera, que ella es flor también!
Llegó la mañana tranquila y serena;
al cuerpo, ya frío, no dio el sol calor,
y allí, en el florero, rendida de pena,
su inocente crimen lloraba una flor.
(Amalia X.)

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